lunes, 9 de julio de 2012

El tiempo.


Hace mucho tiempo redacté la gran idea de que el tiempo pasa, corre, se escabulle, se ralentiza, salta, vuelve, te golpea, te hace olvidar las cosas... Sigue siendo una verdad universal.

Hace un año estaba preocupada por si me cogían en psicología. Ahora, viendo todo lo que ha ocurrido desde entonces, me parece la menor preocupación que he podido tener en toda mi vida.

Un año parece ser que no es tan importante pero sí, lo es. Estar fuera de casa te hace ver las cosas con perspectiva, preguntarte sobre tus propios intereses. Te hace buscar respuestas a preguntas que un día quisiste dejar en lo más hondo de tu corazón por el simple hecho de que no era el día de preocuparse. Pero las dudas explotan y lo hacen cuando menos quieres encontrarte con los efectos colaterales.

En este caso no es sino el tiempo el que te hace chocar con tu propio reflejo y te hace pensar sobre todo lo que has dejado atrás, sobre todo lo que quisiste olvidar pero es imposible. Es el propio espejo el que te recuerda que las cosas no son tan fáciles como ponerles un reflejo borroso, que la vida se compone a base de golpes duros en los que todos tenemos que chocar con nuestros enemigos, los fantasmas que desearíamos que desaparecieran a base de noches de luces, música y alcohol. Pero la resaca está precisamente para devolvernos a la realidad.

Tenemos que seguir con el tiempo, de la mano, aunque no nos guste, aunque nos joda que vaya rápido cuando querríamos que se parase, aunque nos desespere lo lento que va cuando tenemos buenos planes a la vuelta de la esquina.

Es el tiempo nuestro amigo y enemigo, el que estará ahí sobre el resto de las cosas. El que, aun con todo, es tan subjetivo como un reloj que se para por el paso de los años.