Me
observas silencioso y sonríes. En la inmensidad de la noche encuentras un hueco
entre mis brazos y me hace sentir bien. Puedo bailar y hacer el estúpido, ser
yo y bromear con cosas por las que la gente de escandalizaría pero tú, loco
también, te ríes. Conmigo. Mientras no sabes cómo ha acabado pasando esto,
mientras disfrutas de mis intentos de movimiento de cadera sabiendo que no va a
ser mi profesión la de bailarina, pero disfrutando de ello. Encontrando paz
entre mis piernas y sin pedirme más que un poco de cariño. Y yo, haciendo el
tonto me siento atontada por ti y por el alcohol y disfruto, disfruto y
encuentro una calma sostenida. Y me siento bien. Y respiro. Y noto tu olor entre
mis pulmones.
Y así pasan las noches, y mis días empiezan a ser un poco más confusos, un poco más necesitados de tiempo a tu lado, de sonrisas, de bromas, de abrazos.
Y así, me acabo odiando a mí misma por acabar siendo eso que tantas veces he criticado. Pero, en fin, es lo que hay. Las contradicciones son una constante en mi vida, no podría pedir más.