Ese momento justo antes de abrir el ojillo, antes de que la luz de la mañana bañe tu cara y te recoja todos los sueños y se los lleve para que tú puedas batallar contra todas las exigencias sociales que te van a aullar esa mañana.
Ese instante de relajación cuando sabes que aun te queda una hora de viaje y una hora de música cargada de mensajes para ti, de ideas sobrevaloradas, de fantasías. Esa hora de viaje que te permite seguir volando con la mente y con tus tonterías. Esas que tan estúpidas son y que tanto tiempo te quitan. Pero sin las que no podrías vivir.
Ese lugar del mundo en el que puedes gritar y mirar hacia el infinito sin perder de vista el horizonte, sin saber dónde acaba, donde empieza... Muchos pensarán en la playa pero yo no puedo evitar recordar tooodas las vistas de los Pirineos. Finas líneas de montañas rellenas de verde y de vida, de oxígeno y de luz. Mucha luz. De olor a nieve.
Ese momento perfecto del atardecer en el que observas 30 tonalidades de rojo. Te jode que la cámara no los capte y que tú no tengas memoria fotográfica para poder quedarte con esa vista. Pero siempre puedes volver al día siguiente y reconocer aun más colores y formas.
Ese momento de la noche en el que el puntillo está subiendo y en el que empieza a sonar tu canción preferida o, por lo menos, una que sabes bailar. Ese momento en el que te da igual quién haya a tu alrededor y cuándo solo te dejas guiar por ti misma y por el alcohol que corre por tus venas.
Ese momento en el que te reencuentras con una amiga que hacía meses que no veías (sí, va por todas vosotras, putillas Erasmus que os habéis ido). Ese abrazo esperado y esa sonrisa, la suya, la de alguien que realmente estaba esperando verte.
Esa mirada antes de un beso primerizo, en los que arriesgas todo porque no sabes a qué llevará en unas horas y esa incertidumbre añadida...
Ese momento justo antes de un orgasmo, cuando sientes todo y nada a la vez. Cuando explotas y buscas un punto de sujeción a la realidad.
Ese olor que se te mete en tu nariz cuando entras a una tienda de jamones y por el que estás tan condicionada que acabas baboseando cual perro pavloviano.
Esa sonrisa. La de una persona especial. Me da igual que la de tu abuela, pareja, perro o la tuya propia. Esa sonrisa. Que te llena y te hace creer en la felicidad, aunque sea solo por un instante.
Esa mano. La de quien quieras otra vez. Que te agarra y te pide que te quedes a combatir sus monstruos porque él solo no puede. Que te pide un poco de atención, que le mires y le sonrías, con tu sonrisa y le des esa seguridad que todos necesitamos alguna vez.
Repito.
Pequeños.Placeres.Vitales.
Que, por muy agobiante y jodida que sea esta vida nadie nos quite esto. Que es mi motor, mi forma de subsistencia. Que es mi oxigenación y mi sangre. Y respirar tan fuerte que se rompa el aire...
domingo, 27 de abril de 2014
domingo, 20 de abril de 2014
Fantasma.
Entre las sombras tejo sueños, deseos inalcanzables que nadie me querrá conceder. Son historias de gigantes en un mundo de pequeños chupasangres. Y sé que no será así. Pero aquí sigo.
Mientras, creo que el odio que nos unía sigue ahí, como una forma de seguir conectada a ti de alguna manera. Y a la vez siento una rabia horrible por ver que no es así. Que esto no está siendo así o que mi mente quiere decirme que no. Estoy enferma. Busco en mis propios delirios realidades ajenas cuando no tengo ni idea de qué está pasando en este momento por tu cama o por tu mente.
Pero, como en todo, sigue ese resquicio en beneficio de la duda.
Lo cierto es que siento rabia de estar así. Estar así ahora. Pero imagino que son estos días, que me ponen triste. Estas horas muertas entre letras vivas, que no paran de juntarse y separarse.
Supongo que es mi mente intentando distraerme de lo demás. Del mundo en general. Supongo que es una forma de evasión.
Prefiero seguir en las sombras y que nadie me distraiga de mi caos mental. Es mi forma de vida y ya me estoy adaptando a ello.
O es solo que estoy desperdiciando mis putas horas de juventud empolillándome en un sofá en el que no hay más habitantes que un montón de música mierdera y comida, mucha comida. Perder así mis tiempos de juventud me está quitando la vida. Me niego a seguir así. He conocido grupos de amebas más movidas.
Mientras, creo que el odio que nos unía sigue ahí, como una forma de seguir conectada a ti de alguna manera. Y a la vez siento una rabia horrible por ver que no es así. Que esto no está siendo así o que mi mente quiere decirme que no. Estoy enferma. Busco en mis propios delirios realidades ajenas cuando no tengo ni idea de qué está pasando en este momento por tu cama o por tu mente.
Pero, como en todo, sigue ese resquicio en beneficio de la duda.
Lo cierto es que siento rabia de estar así. Estar así ahora. Pero imagino que son estos días, que me ponen triste. Estas horas muertas entre letras vivas, que no paran de juntarse y separarse.
Supongo que es mi mente intentando distraerme de lo demás. Del mundo en general. Supongo que es una forma de evasión.
Prefiero seguir en las sombras y que nadie me distraiga de mi caos mental. Es mi forma de vida y ya me estoy adaptando a ello.
O es solo que estoy desperdiciando mis putas horas de juventud empolillándome en un sofá en el que no hay más habitantes que un montón de música mierdera y comida, mucha comida. Perder así mis tiempos de juventud me está quitando la vida. Me niego a seguir así. He conocido grupos de amebas más movidas.
sábado, 19 de abril de 2014
Trastorno del pensamiento en su contenido, forma y materia.
Me encuentras en uno de tus sueños, esos que te mantienen en vigilia toda la noche, como un perro guardián de sus miedos. Lo sé. Me encuentras y me escupes en la cara todo lo que te hice esas noches, todo lo que provoqué en ti y me devuelves tu rabia en peleas en las que, por fin, te dejo ganar. Porque tú siempre fingías ser superior a mí para negarte a ti mismo que estabas bajo el poder de mi sonrisa y mis tacones. No era una gran altura a la que te llevé, no podía hacer más, pero aun así tu caída fue peor que la mía.
O no.
Te encuentras en uno de mis sueños, esos que me mantienen en vigilia durante todo el día, solo por no caer muerta en estas horas de estupidez y gentío. Caigo delante de ti y ahora sí soy débil. Ahora mis ojos son solo un reflejo de todo el cansancio. Te quiero gritar todo lo que he vivido sin ti y todo lo feliz que soy pero soy perfectamente consciente de que mi lóbulo frontal funciona excesivamente bien. Soy consciente de que lo único que podría hacer ahora contigo sería mostrarme como realmente soy, sin la coraza y llorar. Desconsoladamente. No por ti pero contigo.
Fases distintas. Totalmente distintas. Rehacer todo, todo lo que destrozamos entre gritos vacíos de sonido, entre sonrisas fingidas en manos de otros poetas y entre bailes, muchos, en la cuerda floja.
Pero solos.
Sin nadie que nos sostenga durante los días soleados que nos ponen tristes, sin nadie que nos sorprenda bailando bajo la lluvia y la tormenta, que nos ponía muy tiernos.
Éramos tan poca cosa que ahora somos un poco más pero en diferido. Ahora somos recuerdos y técnicas de seducción con otras mentes. Somos polvo y estrellas, sueño y miedos, búsquedas y paradas de estación.
Nunca nadie conoció tanto mi mente. NUNCA. NADIE. Y ahora, el vacío.
Y ahora, yo.
Y ahora, obsesión y presión social. Y búsqueda insaciable, y hambre, mucha sed y ganas, deseos. Pero no contigo.
Todo se encuentra en una extraña calma sostenida en manos de mí misma. Intentos de reencuentros con mis miedos y peleas frecuentes con la almohada por unos pocos besos, ajenos, a mi mirada perdida y mi mente cuadriculada.
Que sufrimos los dos. Que el odio sé que se ha apoderado de ti como mecanismo de defensa. Que la indiferencia es mi mejor arma. Pero que hoy, solo hoy, estoy echando de más tus sabidurías de niño de 13 años sufrido y consentido en un mundo inestable de caprichos banales y programas basura.
Sigo echando de más y no de menos. Lo cual está... bien y no mal. Supongo que es lo correcto. Igual de correcto que mentir, que se lleva mucho últimamente. Y engañar y ser rabiosamente estúpidos y no decir lo que sentimos.
Supongo.
O no.
Te encuentras en uno de mis sueños, esos que me mantienen en vigilia durante todo el día, solo por no caer muerta en estas horas de estupidez y gentío. Caigo delante de ti y ahora sí soy débil. Ahora mis ojos son solo un reflejo de todo el cansancio. Te quiero gritar todo lo que he vivido sin ti y todo lo feliz que soy pero soy perfectamente consciente de que mi lóbulo frontal funciona excesivamente bien. Soy consciente de que lo único que podría hacer ahora contigo sería mostrarme como realmente soy, sin la coraza y llorar. Desconsoladamente. No por ti pero contigo.
Fases distintas. Totalmente distintas. Rehacer todo, todo lo que destrozamos entre gritos vacíos de sonido, entre sonrisas fingidas en manos de otros poetas y entre bailes, muchos, en la cuerda floja.
Pero solos.
Sin nadie que nos sostenga durante los días soleados que nos ponen tristes, sin nadie que nos sorprenda bailando bajo la lluvia y la tormenta, que nos ponía muy tiernos.
Éramos tan poca cosa que ahora somos un poco más pero en diferido. Ahora somos recuerdos y técnicas de seducción con otras mentes. Somos polvo y estrellas, sueño y miedos, búsquedas y paradas de estación.
Nunca nadie conoció tanto mi mente. NUNCA. NADIE. Y ahora, el vacío.
Y ahora, yo.
Y ahora, obsesión y presión social. Y búsqueda insaciable, y hambre, mucha sed y ganas, deseos. Pero no contigo.
Todo se encuentra en una extraña calma sostenida en manos de mí misma. Intentos de reencuentros con mis miedos y peleas frecuentes con la almohada por unos pocos besos, ajenos, a mi mirada perdida y mi mente cuadriculada.
Que sufrimos los dos. Que el odio sé que se ha apoderado de ti como mecanismo de defensa. Que la indiferencia es mi mejor arma. Pero que hoy, solo hoy, estoy echando de más tus sabidurías de niño de 13 años sufrido y consentido en un mundo inestable de caprichos banales y programas basura.
Sigo echando de más y no de menos. Lo cual está... bien y no mal. Supongo que es lo correcto. Igual de correcto que mentir, que se lleva mucho últimamente. Y engañar y ser rabiosamente estúpidos y no decir lo que sentimos.
Supongo.
Y ahora me acuerdo de todo, de aquella máquina de fotos, disfrutando de la ausencia de la tercera dimensión.
Sacando brillo del polvo.
Desmaquillando de mi cara esta molesta sensación.
Y ahora solo queda la marca que ha dejado el paso del tiempo. Ciertas formas de movimiento, un recuerdo, un acto reflejo.
Adiós al pánico práctico de habernos encontrado. Adiós al vértigo de vernos coincidiendo en el espacio.
Que nos saquen a hombros los gigantes que nos dieron tanto miedo en la noche.
Voy olvidándolo todo.
Se ha marchado el viejo cobarde, juega en casa el nuevo salvaje.
jueves, 17 de abril de 2014
Hiding.
Escondida.
Aquí.
Muestro mi vida, mis incongruencias mentales, mis dudas, mis inquietudes y mis deseos. No te encuentro. No estás. Y el apoyo no está y me sostengo sobre un solo dedo de un solo pie de un solo cuerpo. Y el miedo ha vuelto a acecharme, su sonrisa se clava en mi columna vertebral y me hace agacharme al vacío. De las desesperanza o de las mentiras.
Hacer depender mi felicidad de otras bocas nunca se me dio mal, se me dio demasiado bien. Hasta que decidí romper con el cordón que me ataba a la locura y buscar delirios de grandeza en mí misma.
No encuentro la solución a la misma pregunta de siempre y soy consciente de qué o quién acallaría mi mirada esta noche. Pero no está. Es así de simple.
Momentos de debilidad tenemos todos, pero yo no. O al menos, no lo soporto. Y menos si los pájaros de mi cabeza repiquetean y me piden que encuentre algún entretenimiento nocturno para sentirse mejor.
Sé perfectamente lo que he de mejorar, pero me pregunto por dónde empezar y no encuentro la salida del laberinto. Encuéntrame tú y guíame hasta la entrada de tu tangente. Por lo menos eso me hará reír unas horas. Unas putas horas. O por lo menos, me hará distraerme de la tormenta mental que llevo encima.
El tiempo libre nunca se me dio bien. Se me dio demasiado mal.
Aquí.
Muestro mi vida, mis incongruencias mentales, mis dudas, mis inquietudes y mis deseos. No te encuentro. No estás. Y el apoyo no está y me sostengo sobre un solo dedo de un solo pie de un solo cuerpo. Y el miedo ha vuelto a acecharme, su sonrisa se clava en mi columna vertebral y me hace agacharme al vacío. De las desesperanza o de las mentiras.
Hacer depender mi felicidad de otras bocas nunca se me dio mal, se me dio demasiado bien. Hasta que decidí romper con el cordón que me ataba a la locura y buscar delirios de grandeza en mí misma.
No encuentro la solución a la misma pregunta de siempre y soy consciente de qué o quién acallaría mi mirada esta noche. Pero no está. Es así de simple.
Momentos de debilidad tenemos todos, pero yo no. O al menos, no lo soporto. Y menos si los pájaros de mi cabeza repiquetean y me piden que encuentre algún entretenimiento nocturno para sentirse mejor.
Sé perfectamente lo que he de mejorar, pero me pregunto por dónde empezar y no encuentro la salida del laberinto. Encuéntrame tú y guíame hasta la entrada de tu tangente. Por lo menos eso me hará reír unas horas. Unas putas horas. O por lo menos, me hará distraerme de la tormenta mental que llevo encima.
El tiempo libre nunca se me dio bien. Se me dio demasiado mal.
¿Qué harías tú pudiendo ser la disección de un bisturí, si pudieras rozar antes de prohibir los laberintos del festín?
Si al despertar, siguiera allí, querrías ver lo que yo vi. Y justo allí, dormías tú, me susurraste que al despertar siguiera allí para escucharlo todo, sin confesarte el modo de ser testigo en tu festín.
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