A veces me gustaría ser como esa gente que no envidio.
Y disfrutar de esas cosas que no me gustan.
En definitiva, perder el contol metiéndome un conjunto de emociones lujuriosas entre nariz y espalda y dejar abierta la improvisación.
Esa que no dejo desatar ni en mis peores momentos alcohólicos.
La cosa va de sustancias y de emociones, que a veces son lo mismo. Pero no en mi caso.
Me encantaría sentir como esa gente que siente que se desborda el mundo, que explotan de tristeza, que mueren de felicidad, que placen de orgasmos.
No. No soy capaz de sentir con tanta intensidad porque prefiero racionalizar, comedir, sentir pero sin dejar demasiada marca.
Por eso me gustaría saber qué significa dejarse llevar, acabar una noche perdiendo el control, haciendo un trío con gente desconocida y muriendo de la vergüenza al ver que las bragas que llevas no eran con las que saliste.
¿O no?
Quizá ya sepa que eso no me gustaría y por eso, simplemente, no lo hago.
Mi cabeza no toleraría ese desorden emocional. Prefiere ordernar paso por paso los pensamientos y, ya si eso, dejar lugar a la imaginación y, ya si eso, permitirme emocionarme en algún momento.