sábado, 5 de diciembre de 2015

No escuches.

Es mejor que no oigas el eco de mis pensamientos ahora. Estoy escribiendo demasiado rápido y ni siquiera sé quién soy yo. Quién quiere encontrar en ti. Qué es lo que no quiere tener.
Qué no.
Qué sí.

Y así.

Supongo que igual ahí está nuestro punto de inflexión.


Tu querer sencillo.
Mi no querer sin querer duro, sin ser difícil, sin oscuro, sin espinas, con heridas sanadas, con lametones en los momentos exactos de no lucidez mental.

Tu ser feliz.
Mi necesitar de tu sonrisa para que la mía se dibuje en el espejo del que algún día quiso ver en mí de lo que yo me acabé enamorando de ti.

Tu no preguntar.
Mi constante cuestionamiento de las situaciones, pensamientos, emociones y razones para hacer esto o sentir lo contrario. Mi necesidad de saber qué pasó por tu cabeza en cada momento en el que te hicieron daño y mi auto-tortura fácil de querer saber quién te hizo gozar más que yo.

Tu seguir tu meta.
Mi no poder sino pensar en las trescientas mil personas que me rodean y que me han hecho ser lo que he acabado construyendo de mí.  Mi no escapar de ninguno de los detalles que se les pasa a los demás por los intestinos gruesos o acorazados antes de dar un paso en falso sobre un suelo inestable lleno de cocodrilos desafiantes que quieren de mí un trocito de lo que no tengo.

Ese querer sencillo.
Ese querer tan complicado sin querer.

Quizá aquí está nuestro punto de inflexión.

O quizá es que uno de los dos se quiere más a sí mismo y al reflejo de su ego que a nada más.

O quizá es que la otra quiere en exceso a los demás. 

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