Es mejor que no
oigas el eco de mis pensamientos ahora. Estoy escribiendo demasiado rápido y ni
siquiera sé quién soy yo. Quién quiere encontrar en ti. Qué es lo que no quiere
tener.
Qué no.
Qué sí.
Y así.
Supongo que igual ahí está nuestro punto de inflexión.
Tu querer sencillo.
Mi no querer sin
querer duro, sin ser difícil, sin oscuro, sin espinas, con heridas sanadas, con
lametones en los momentos exactos de no lucidez mental.
Tu ser feliz.
Mi necesitar de tu
sonrisa para que la mía se dibuje en el espejo del que algún día quiso ver en
mí de lo que yo me acabé enamorando de ti.
Tu no preguntar.
Mi constante
cuestionamiento de las situaciones, pensamientos, emociones y razones para
hacer esto o sentir lo contrario. Mi necesidad de saber qué pasó por tu cabeza
en cada momento en el que te hicieron daño y mi auto-tortura fácil de querer
saber quién te hizo gozar más que yo.
Tu seguir tu meta.
Mi no poder sino
pensar en las trescientas mil personas que me rodean y que me han hecho ser lo
que he acabado construyendo de mí. Mi no
escapar de ninguno de los detalles que se les pasa a los demás por los intestinos
gruesos o acorazados antes de dar un paso en falso sobre un suelo inestable
lleno de cocodrilos desafiantes que quieren de mí un trocito de lo que no
tengo.
Ese querer sencillo.
Ese querer tan
complicado sin querer.
Quizá aquí está
nuestro punto de inflexión.
O quizá es que uno
de los dos se quiere más a sí mismo y al reflejo de su ego que a nada más.
O quizá es que la
otra quiere en exceso a los demás.
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