Mirando pantallazos, sonrisas ajenas y canciones abruptas. Así estamos. En lugares equidistantes de ese lugar. De ese paraíso artificial que querríamos construir.
En la nada. Suspendidos entre susurros y promesas a otras personas, otros personajes que no dejarán en nosotros más que anécdotas estúpidas que narrar en noches de luces, música y alcohol a nuestras compañeras de piso que se saben al dedillo todas las estúpideces. Que ya se saben de memoria nuestro vacío. Que nos miran con pena sabiendo qué es lo que nos falta.
Y tú escucharás tus ñoñeces poéticas a golpes de guitarra. Porque es la forma de entenderte y de soñar con otras. Con otras montañas, otras llanuras y plenitudes. Porque así ha sido siempre.
Y yo escucharé mierda. Solo mierda. Que no me recuerde a nadie, solo a mi estado. Porque es mi mejor forma de convivir con mis males y con mis fantasías. Porque nadie más lo entendería. Porque solo querría que una persona lo entendiera. Pero no está. No duele, es solo ausencia y soledad. Grito y cristal. Pared sin espada.
Y así pasamos las noches. Cada uno a sus inquietudes. A sus amistades, cervezas, risas (vacías de aire) y preguntas. Muchas. Esperando que alguien nos quiera responder pero sabiendo que las filosofías no son parte de nadie, salvo de gente como nosotros. Extraños. Callados. Alternativos. Apartados pero con los oídos bien puestos en los cotilleos ya que, a fin de cuentas, somos unos marujones empedernidos.
Podría estar describiéndo(te). Pero sé perfectamen(te) que este juego ya no es de dos. Si no de mí. Y de la música. Mi compañera de viaje más fiel y capaz de entender(me).
El tema no son otros, sino, por fin, yo. Por fin y por principio, como ha sido siempre. Como no podría cambiar. Como nunca va a haber nadie.
Porque el nihilismo me está abrazando. Y me está pidiendo más...
Pero, como buena soñadora de palabras que soy, solo estoy esperando que esto sea uno de mis miles rituales. Y que esto no esté escrito con sangre, ni con fuego, sino con otras pretensiones (¿no?) establecidas.
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