viernes, 20 de diciembre de 2013

Nada.

Sabes cómo sonreír, como mirar, como sacar la lengua y cómo... Lo sabes, la teoría va bien y la situación también. Pero no, hoy te chocas contra una pared que te desestabiliza las proposiciones indecentes y te destapa las verdades de Murphy. Putas leyes, puto Murphy. Desistes y vuelves, rondas, tocas, tratas de captar la esencia, pero es imposible. Vuelves a tu ciudad del viento con tres o cuatro ideas sobre los hombres, tratando de deshilachar sus mentiras y de repente, otra vez, vuelta a lo mismo.

No pensaba que la la melancolía navideña fuera tan dura de superar. Claro que sé que se me pasaría si me diera un paseo por el centro y volviera a ver que sí, la gente es feliz consumiendo hasta las últimas cenizas de las últimas horas antes de que Santa Clausito vuelva a cada casa cargado de mentiras en forma de cuñados cabrones tratando de demostrar su superioridad mental escondiendo una semi-demencia alcohólica. En fin.

Es lo que no me gusta de estos días y, en el fondo, sé que es por la ausencia de su presencia, de sus acompañamientos. Quizá este diciembre sea el segundo más duro de mis últimos cuatro. Quizá no, seguro. Pero claro, "del sufrimiento no se puede huir". Y tal y cual. Así pasan los días, y mi cueva de refugio tiene que ser lo único que tenga en mente estos días grises.

Pero hoy quiero ver las luces rojas y mi nariz, roja también, sonriendo por el consumismo que impera estas noches, estas mañanas difuminadas. Hoy necesito a mi hombre, que sé que me sacaría a pasear entre bocatas del calamar bravo y conversaciones estúpidas. Suena irónico, que mi hombre sea el único hombre al que no quiero poseer.

Suena irónica tu sonrisa y tu risa. Suena todo a risa, a humor, a melancolía.

Viernes de resaca.


Mi corazón me duele, duerme, no quiere que le despierten. 

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