sábado, 19 de abril de 2014

Trastorno del pensamiento en su contenido, forma y materia.

Me encuentras en uno de tus sueños, esos que te mantienen en vigilia toda la noche, como un perro guardián de sus miedos. Lo sé. Me encuentras y me escupes en la cara todo lo que te hice esas noches, todo lo que provoqué en ti y me devuelves tu rabia en peleas en las que, por fin, te dejo ganar. Porque tú siempre fingías ser superior a mí para negarte a ti mismo que estabas bajo el poder de mi sonrisa y mis tacones. No era una gran altura a la que te llevé, no podía hacer más, pero aun así tu caída fue peor que la mía.

O no.

Te encuentras en uno de mis sueños, esos que me mantienen en vigilia durante todo el día, solo por no caer muerta en estas horas de estupidez y gentío. Caigo delante de ti y ahora sí soy débil. Ahora mis ojos son solo un reflejo de todo el cansancio. Te quiero gritar todo lo que he vivido sin ti y todo lo feliz que soy pero soy perfectamente consciente de que mi lóbulo frontal funciona excesivamente bien. Soy consciente de que lo único que podría hacer ahora contigo sería mostrarme como realmente soy, sin la coraza y llorar. Desconsoladamente. No por ti pero contigo.

Fases distintas. Totalmente distintas. Rehacer todo, todo lo que destrozamos entre gritos vacíos de sonido, entre sonrisas fingidas en manos de otros poetas y entre bailes, muchos, en la cuerda floja.

Pero solos.

Sin nadie que nos sostenga durante los días soleados que nos ponen tristes, sin nadie que nos sorprenda bailando bajo la lluvia y la tormenta, que nos ponía muy tiernos.

Éramos tan poca cosa que ahora somos un poco más pero en diferido. Ahora somos recuerdos y técnicas de seducción con otras mentes. Somos polvo y estrellas, sueño y miedos, búsquedas y paradas de estación.

Nunca nadie conoció tanto mi mente. NUNCA. NADIE. Y ahora, el vacío.

Y ahora, yo.

Y ahora, obsesión y presión social. Y búsqueda insaciable, y hambre, mucha sed y ganas, deseos. Pero no contigo.

Todo se encuentra en una extraña calma sostenida en manos de mí misma. Intentos de reencuentros con mis miedos y peleas frecuentes con la almohada por unos pocos besos, ajenos, a mi mirada perdida y mi mente cuadriculada.

Que sufrimos los dos. Que el odio sé que se ha apoderado de ti como mecanismo de defensa. Que la indiferencia es mi mejor arma. Pero que hoy, solo hoy, estoy echando de más tus sabidurías de niño de 13 años sufrido y consentido en un mundo inestable de caprichos banales y programas basura.

Sigo echando de más y no de menos. Lo cual está... bien y no mal. Supongo que es lo correcto. Igual de correcto que mentir, que se lleva mucho últimamente. Y engañar y ser rabiosamente estúpidos y no decir lo que sentimos.

Supongo.

Y ahora me acuerdo de todo, de aquella máquina de fotos, disfrutando de la ausencia de la tercera dimensión. 
Sacando brillo del polvo.
Desmaquillando de mi cara esta molesta sensación. 
Y ahora solo queda la marca que ha dejado el paso del tiempo. Ciertas formas de movimiento, un recuerdo, un acto reflejo. 
Adiós al pánico práctico de habernos encontrado. Adiós al vértigo de vernos coincidiendo en el espacio. 
Que nos saquen a hombros los gigantes que nos dieron tanto miedo en la noche. 
Voy olvidándolo todo.
Se ha marchado el viejo cobarde, juega en casa el nuevo salvaje.


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