Aquí.
Muestro mi vida, mis incongruencias mentales, mis dudas, mis inquietudes y mis deseos. No te encuentro. No estás. Y el apoyo no está y me sostengo sobre un solo dedo de un solo pie de un solo cuerpo. Y el miedo ha vuelto a acecharme, su sonrisa se clava en mi columna vertebral y me hace agacharme al vacío. De las desesperanza o de las mentiras.
Hacer depender mi felicidad de otras bocas nunca se me dio mal, se me dio demasiado bien. Hasta que decidí romper con el cordón que me ataba a la locura y buscar delirios de grandeza en mí misma.
No encuentro la solución a la misma pregunta de siempre y soy consciente de qué o quién acallaría mi mirada esta noche. Pero no está. Es así de simple.
Momentos de debilidad tenemos todos, pero yo no. O al menos, no lo soporto. Y menos si los pájaros de mi cabeza repiquetean y me piden que encuentre algún entretenimiento nocturno para sentirse mejor.
Sé perfectamente lo que he de mejorar, pero me pregunto por dónde empezar y no encuentro la salida del laberinto. Encuéntrame tú y guíame hasta la entrada de tu tangente. Por lo menos eso me hará reír unas horas. Unas putas horas. O por lo menos, me hará distraerme de la tormenta mental que llevo encima.
El tiempo libre nunca se me dio bien. Se me dio demasiado mal.
¿Qué harías tú pudiendo ser la disección de un bisturí, si pudieras rozar antes de prohibir los laberintos del festín?
Si al despertar, siguiera allí, querrías ver lo que yo vi. Y justo allí, dormías tú, me susurraste que al despertar siguiera allí para escucharlo todo, sin confesarte el modo de ser testigo en tu festín.
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