Ahora no nos especializamos en nadie ni lo pretendemos y las cosas se han vuelto más aceleradas, apresuradas. Nos limitamos a cruzar miradas, no hablar por no herir y a correr el carmín entre otros labios (cualesquiera) con excesiva facilidad. Todo esto lo hacemos sin gran ánimo de lucro salvo el nuestro, nuestro placer y nuestra satisfacción personal. Y así hemos ganado en independencia pero, a la vez, en soledad. No es algo peor que lo anterior, es solo distinto.
Es, en fin, el siglo XXI que ha abaratado tanto el carmín que ya ni apreciamos su valor.
Pero, en tardes como estas en las que la melancolía acecha mis pensamientos, me hace sentir un montón de nada. Un montón de banalidades sociales, de rutinas que hay que llevar a cabo solo porque es lo normal, lo adecuado. En días como estos echo en falta lo especial, lo distinto; donde lo propio no sea ajeno sino único.
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