Yo también. Yo otra vez. Yo, sin más.
La música es mi vida, no solo guía mis pasos sino también mis filosofías. Si Santi Balmes dice que hoy se sale, hoy se sale pero si me pide un poco de tristeza y melancolía, aquí estaré para dársela. O quizá sea al revés, que ha estado en el momento exacto y me ha ayudado a dar un paso. O quizá sea solo yo, que con la música hago la técnica de la silla vacía.
Ahora las cosas no son tan fáciles y ya no es el destino el que continúa mi camino. Ahora puedo analizar 30 factores a la vez aunque siga siendo incapaz de ayudar a una pobre chica asustada por su ogra suegra. En fin. Así soy yo. ¿Y así seguiré? Voy a cambiar mucho, y estoy deseosa de ver mi camino, mi mundo cambiado, mis percepciones que se transforman conforme mi mente va adquiriendo más y más conocimientos. Algunos inútiles, está claro. Otros necesarios y que se almacenarán como un relámpago en mí. Para siempre.
Hoy soy poco más que conocimientos y sed de vivencias.
Me gusta conocer a la gente. Odio a los cerrados y los que no hablan. Igual que a los incongruentes y, por eso, me odio a mí misma a veces. Y sé que esto desespera a más de una cabecita loca pero, en fin, todos tenemos defectos. Odio a los que miran la paja en el ojo ajeno y no ven el yunque en su cabeza. Porque sí, porque los que más critican son los que peor están por dentro. Y yo critico mucho y me autocritico aun más. Intento ser equilibrada pero la verdura no es mi clásico, suelo caer con demasiada frecuencia en la comida basura y más si entre tanto hay unas buenas cervezas y risas. Porque he aprendido que refugiarse de los demás no es bien. Porque la vida me ha enseñado que en quien te tienes que apoyar es en los demás mientras aprendes a ser tú sola, a ser tú y tus miedos. Porque he aprendido que unas bromas de personas que te quieren pueden solucionar más que una laarga conversación sobre el problema, el obsesivo tema, que puede ser cualquiera.
Porque no podría vivir sin la música, la cerveza, las risas y esas sonrisas especiales. Las que te miran de reojo porque no se atreven a advertirte de su malicia, de su deseo o de su interés.
Me encanta exagerar las cosas, hasta los pequeños detalles. Pero también pienso que así la vida tiene mucha más gracia, o por lo menos, intensifica las narraciones que en todo caso serían aburridas. Y me encanta anecdotizar a los demás con historias de otras personas, porque a veces son más divertidas que las mías.
Me encantan los piropos inesperados y sencillos, odio esas parrafadas largas que prometen la luna cuando lo único que buscan son estúpidas pretensiones bajo las faldas de cualquiera que pase por allí.
He descubierto que odio las noches confusas pero, a la vez, me encantan. Porque ya he dicho que soy incongruente. He descubierto que los hombres pueden ser hostilmente imbéciles pero que no son un género plano sino muy complejo y excesivamente extraño. Dudo que algún día los pueda entender pero tampoco he entendido nunca al género femenino, así que no entiendo por qué debería hacer lo propio con los otros.
He aprendido que bailar haciendo el estúpido es mucho más divertido que contorsionarte alrededor de cualquier pene y que también acaba siendo más gratificante, a pesar de que aun haya mucha gente equivocada. Que las risas son mejores si entre tanto hay confianza y que las miradas, a fin de cuentas, son solo eso.
He aprendido muchas cosas, pero aun me quedan tantos años que estoy deseosa por ver, oír y mejorar. Siempre mejorar. E interactuar más, que no estaría mal en mi psicológico futuro.
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